Ni Una Menos: “Este ruido recién comienza”

Por María Eugenia Moscariello
Juntista de la Comuna 15 por el PRO y vecina de Villa Crespo

La dirigente de la Junta Comunal realiza una reflexión para Villa Crespo Noticias sobre las conductas de la sociedad argentina, la violencia contra las mujeres y las posibilidades de que la ciudadanía mejore su convivencia.

Después de varios días y que algunas voces, no todas, se hayan silenciado, sigo con tantas imágenes en la cabeza que no sé cómo ponerles un orden. Siento que tengo que hacer algo, después del 19 de octubre muchas cosas cambiaron en la conciencia de algunas mujeres, y espero también que de algunos hombres. Muchos marchamos y nos solidarizamos para hacer escuchar las voces de las que ya no pueden hacerlo y para poner un pie firme en esta lucha del Ni Una Menos.

A pesar del día de lluvia y el frío, fue como si las propias víctimas tomaran la palabra desde la oscuridad, entre tanto tormento, sufrimiento y violencia, se escucharon las voces de mujeres, madres, compañeras, hijas, sobrinas, estudiantes, niñas, profesionales y trabajadoras. Todo tipo de mujeres que se levantó a pedir una mirada, un registro de la brutal forma que nos afecta a todas y cada una. ¿Cómo pudimos llegar tan lejos en este salvajismo? ¿Por qué tenemos que pedir que no nos maten o abusen? ¿Cómo se puede llegar tan lejos y que no existan condenas ni leyes que nos protejan realmente? ¿Por qué tenemos que pedir algo tan básico?

¿Cómo un hombre puede sentirse con la libertad de secuestrar a alguien y tenerla en cautiverio y hacerle cualquier tipo de aberraciones? Drogarlas y abusarlas continuamente hasta que mueran, sin tener un castigo. Esto es algo constante que está sucediendo al lado nuestro, en nuestras provincias, no muy lejos de acá, mujeres que son vendidas o entregadas, muchas veces hasta por otras mujeres, por ser parte de una cadena de delincuentes que utilizan a niñas como esclavas sexuales. Y lo que es peor: no tener conciencia de eso, que exista tráfico de mujeres como si fueran bolsas de papa, como si no tuvieran la capacidad de sentir, de necesitar. ¿Por qué esas mujeres no pueden elegir? ¿Por qué tener que exigir lo que es un derecho para todos?

Me acuerdo cuánto me afectó una vez que vi una película en la que señores feudales exigían el derecho de pernada (derecho de la primera noche). Hace referencia a un presunto derecho que les otorgaba la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier mujer, sierva de su feudo. Estamos hablando de la Edad Media, donde diversas prácticas históricas de abuso y servidumbre sexual, ejercidas por una autoridad -hacendado, administrador de hacienda, sacerdote, jefe político o empleador- en contra de mujeres en condición de dependencia u obediencia -indígenas, campesinas, trabajadoras, inquilinas y otras-.

Estas prácticas, sin ser legales, fueron impuestas como derechos informales de los patrones, por lo que comúnmente se realizaban ante la pasividad de padres, esposos y la comunidad entera. Existen muchas clases de abusos, y siempre son por parte de alguna persona que se siente superior, puede ser un cura, un empresario, un policía, un marido, un jefe, incluso un familiar, que a voluntad nos pone en un estado de obediencia involuntaria por una fuerza que no puede ser cuestionada. Pero nos levantamos. ¡Acá estamos! ¡Gritamos basta!

mujer

Somos muchas las que estamos unidas en esta lucha, pero esto recién comienza, tenemos que empezar haciéndonos cargo de las cosas que elegimos no mirar. Lo que nos lastima y forma parte de lo que naturalizamos como sociedad, no podemos seguir siendo partícipes del silencio que ayuda a que más víctimas mueran o desaparezcan. De los abusos, los robos, los golpes, la indiferencia. Hace 11 años atrás, cuando quedé embarazada por primera vez, me alegré muchísimo al saber que iba a tener un varón, de alguna manera sentí un alivio. Pensé que las cosas iban a ser más fáciles siendo niño, por ese entonces y con 29 años, después de haber pasado por varias situaciones de violencia en diferentes trabajos, llámese abuso de poder o insinuaciones desubicadas. Incluso me echaron por dar mi opinión, me di cuenta que sin querer me fui alejando sin decir nada, armé mi propio emprendimiento hasta que me rodee casi mayormente de mujeres, en donde podía sentirme cómoda, con mi zona de confort.

Empecé a trabajar las relaciones humanas y me di cuenta que desde otro lado y de otra manera las mujeres también somos violentas con otras mujeres, a veces en las relaciones o con nuestros propios hijos a quienes educamos y que son el futuro que esperamos tener, ojalá mejor que este. Tenemos que hacer una revisión profunda de conciencia y hacernos cargo de nuestro día a día, de cómo podemos involucrarnos para que esto cambie y que todos paremos con esta locura. Incorporar nuevas conductas en la forma de relacionarnos, en la forma de educar, cómo nos dirigimos hacia nuestros pares, sobre todo en relaciones en donde hay poder involucrado. Tenemos que revisar muchas conductas que fomenten nuestro crecimiento como sociedad, registrando todas estas necesidades que no son nuevas pero que sí nos ayudarían a ser más tolerantes y a dejar de naturalizar todo tipo de violencia.

Recuerdo el día de la marcha haber visto una madre sostener un cartel hecho a mano con la foto de su hija, toda golpeada. Me imagino el dolor de sostener esa pérdida en su día a día, ese dolor que se debe anudar al cuerpo sin poder hacer nada al respecto. Aunque encuentren a los culpables, nada va a devolverle a esa madre la posibilidad de ver otra vez a su hija. Y ni hablar del calvario que sintieron esas mujeres, siendo abusadas, humilladas, torturadas, tan sólo porque alguien se siente con el derecho a poder tomar esa vida como si fuera una cosa de su propiedad, o tan sólo porque sí.

Y se naturaliza la violencia así como la corrupción, la falta de educación, la falta de moral, de buenos modales, la falta de registro de las necesidades de todos los seres individuales. Se naturaliza el dolor, la resistencia, el hambre, y nacemos con ese mote de débiles, el “sexo débil”, pero somos las que tenemos la posibilidad de crear vida, de llevar en el vientre durante nueve meses a una persona que puede a su vez destruir a otra. Qué paradoja. Hacemos el doble de trabajo, ya que además de ser madres, sostener la casa, hacer todas las tareas, llevar a nuestros hijos al colegio y educarlos, también tenemos que ser profesionales y competir con hombres. O mejor dicho, estar a la par.

Porque soy optimista, creo que podemos ser más solidarios, porque en la marcha también vi a padres, a hermanos y amigos. Vi a muchos hombres que se suman a la posibilidad de tener un mejor país. Sentí una fuerza inmensa que nos abrazó y nos invitó a creer que es posible, que todos somos parte de esta posibilidad. Tenemos que estar atentos y registrar que hay muchas voces que buscan ser escuchadas y muchos gritos de auxilio, podemos colaborar denunciando, participando y exigiendo. Podemos ayudar educando para que las próximas generaciones no vean como natural toda esta violencia. Podemos sumarnos sin importar la bandera o el color de piel, registrando que estos gritos se escuchan en todos lados, que sólo se terminan cuando el silencio nos encuentre y creo que este ruido recién comienza.

machitos

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  • noviembre 4, 2016 en 11:07 pm
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    Excelente nota, me ayudar a reflexionar para mi analisis cotidiano de la vida en sociedad. Analises profundo para compartir y seguir la lucho para erradicar la violencia en todas sus expreciones

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